La mirada clavada en el atardecer y el deseo por recuperar el sonido único de tu voz. Cierro los ojos y en ese momento de silencio, recuerdo.

Tomados de la mano sin pensar en un principio o un final. Cuando nada importaba y éramos dueños del mundo.

Risas e infinitas ideas rodeaban nuestras mejores aventuras. No había un momento en el que no nos sintiéramos invencibles. Ese día sin duda, siempre será uno de mis favoritos.

Nos recuerdo sentados con los brazos entrelazados y de la mano. Tú tarareando canciones sin parar y yo intentando adivinar tú no tan entonada melodía. Nuestros pies, los cuales iban siendo cubiertos por las olas que se estrellaban una tras otra, jugaban con el sonido de tu voz, y de vez en cuando, se enterraban en la arena.

No hace falta hablar, todo está en su lugar, uno al lado del otro. Te equivocas al tararear la canción y ríes haciéndome creer que no ha pasado nada. Toda la vida llevando el control de la situación, sin importar lo grande o pequeña que fuese la tormenta, tú siempre escondías una enorme sonrisa para todo, para todos.

“Te amo”, pensé. Quizá no lo suficiente, pues no lo dije en voz alta. Te miré fijamente y sin saberlo, admiré tu belleza por última vez. Tus ojos siempre fueron mi parte favorita, podías no pronunciar palabra alguna y dejar que aquel café oscuro dijera todo por ti.

“¡Es Guns and Roses!” te dije con emoción al encontrar sentido a lo que cantabas. Tomaste un puñado de arena y con una carcajada lo estrellaste en mi rostro. Evidentemente no era “Paradise City”. Ambos comenzamos a llenarnos de arena y con un tono más elevado, entre risas tarareaste sin parar alguna de tus canciones preferidas.

Abro los ojos y con la vista aún nublada, sonrío. Entre tanto ruido siempre fue difícil recordar tu voz. Hoy será noche de tormenta, tus favoritas.

Entonces comprendí que nuestro amor fue igual a aquel atardecer, demasiado hermoso, mas no eterno.

Ana