Desde que supe que U2 llegaría a CDMX a dar un concierto, marqué en mi agenda la fecha y me apure a conseguir boletos cuando salieron a la venta. Alexandra y Karla también son fans, así que nos alegró mucho saber que las tres asistiríamos a un concierto inolvidable.

Llegué con Alexandra a México el domingo. Nos hospedamos en un airbnb precioso con una host encantadora que nos dio muchísimas facilidades y tips para que nuestra estadía fuera aprovechada. Ese día paseamos con amigos, turisteamos felices por Chapultepec. Ahí nos agarró una lluvia padrísima que nos dejó a todos con frío y con los pies helados, pero para curar el cambio de temperatura nos refugiamos en un cafecito a tomar bebidas calientes y deliciosas.

Para el lunes no teníamos un plan preciso, el cansancio de haber dormido muy pocas horas para tomar el primer vuelo de la mañana de domingo nos pateó y acordamos que para estar descansadas y con energía para el concierto del martes, el lunes haríamos algo tranquilo, como ir a un museo. Revisamos en internet y descubrimos que el único museo que abre los lunes es el Soumaya….. así que esa fue nuestra única opción.

Despertamos tarde y comimos un brunch delicioso en Peltre, recomendación de un amigo. Después de habernos atascado de chilaquiles, omelette con queso de cabra y espinacas, y un latte, regresamos al departamento porque nos aturdió la comida.

En el departamento consideramos seriamente dormir un par de horas porque comer es una actividad cansada que hay que tomar con respeto, total, una pestañita de unos cuantos minutos u horas, ¿en qué podía afectar? No sé de dónde salieron las energías, pero después lo pensé mejor y le dije a Alex que mejor no, que fuéramos al Soumaya, porque sino la flojera nos ganaría y ya no haríamos nada el resto del día. Nos pusimos otra vez los zapatos, pedimos un Uber, y nos fuimos.

Apenas nos bajamos del vehículo en la puerta del museo, lo primero que llamó mi atención era ver a tres camionetones que se estacionaron a media calle parando el tránsito, de los cuales se bajaron varias personas que claramente eran personal de seguridad. ¿Qué eminencia y persona importante vendría en las camionetas? Nos alzamos de hombros y continuamos con nuestro camino.

Antes de entrar al museo le pedí a Alex unos minutos porque quería tomar fotos por fuera, encontrando el mejor ángulo del edificio. Caminamos de un lado a otro, ella esperándome con paciencia de oro y yo disparando a lo bruto porque me faltan años luz de práctica para sacar fotos lindas a objetos que no se mueven. Prefiero retratar a personas. Varios minutos después, cuando sentí que las fotos que ya tenía eran las mejores que podría conseguir, comenzamos a subir las escalinatas que llevan al museo.

Justo en ese momento, junto a nosotras subió Carlos Slim. De cultura general no sé nada, caras de personas importantes menos, pero a Carlos Slim sí lo ubico perfecto. Le di un codazo a Alexandra “Mira, es Carlos Slim”, “¿Cómo?”, “Carlos Slim, el dueño de todo México, y de paso, de este museo”, “¡Es verdad!”. Como ya tenía mi cámara en las manos tomé un par de fotos muriéndome de risa. Qué casualidad que este señor estuviera aquí justo mientras llegábamos. Ahí la explicación de las camionetas y las personas de seguridad que rodeaban el edificio.

Entramos al museo, pasamos el detector de metales, y le pregunté al guardia si había alguna restricción con las fotos dentro del lugar, porque sé que no en todos los museos dejan tomar fotos. Me dijo que no había problema, “Sólo no tomes fotos con flash, por aquello de las visitas VIP que tenemos hoy”, “Ah sí, súper VIP, ya lo vi en la entrada” le dije con un guiño de ojo, porque pensé que este inocente señor me hablaba de don Slim. Inocente yo.

Me dirigí al guardarropa para dejar el mochilón que venía cargando, y ahora fui yo la que recibí un codazo de Alexandra, que con voz temblorosa y los ojos desorbitados por la emoción me decía “Nadia, ahí está Bono”. Me tomó unos segundos asimilar lo que me estaba diciendo. ¿Bono? ¿Bono de U2? ¿Bono? ¿Ah?

Cuando pude enfocar la mirada en los hombres que platicaban en medio del lobby del museo, ahora sí pude verlo. Vestido de negro, con los lentes que lo caracterizan, platicando alegremente con el Sr. Slim y otras personas, ahí estaba Paul Davi Hewson, el vocalista de U2.

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A su alrededor habían bastantes personas de seguridad y otras treinta personas que como nosotras, estábamos ahí por mera casualidad. Nadie intentaba acercarse, nadie gritaba; sí, la emoción e histeria se veía reflejada en los rostros de todos, sacando fotos con el celular, tomándose selfies, cuchicheando animadamente, pero no había ninguna señal de peligro, así que los guardias nos dejaron tomar de lejos cuanta foto quisimos, sin molestarnos.

Ahí mismo, entre la gente que tomaba fotos encontramos a Karla. Ahí si gritamos -bajito- entre todas, porque tampoco nos habíamos puesto de acuerdo para encontrarnos ese día, en esa hora, en el Soumaya. Nuevamente, la bendita casualidad.

Seguimos con las fotos, yo con mi cámara tomando las peores fotos de mi vida, porque por los nervios no sé que botones apretaba ni qué estaba haciendo, así que intercalaba con mi cámara y mi celular. Subí videos a mi Instragram Stories, publiqué en Facebook, me temblaban las manos, no paraba de reír nerviosamente.

Una media hora después, don Slim se despidió y se fue del lugar, y una persona del museo preguntó en voz alta “¿Quieren tomarse una foto todos juntos con Bono?, ¿quién me da su celular?”. Todos gritamos ¡SÍ! y como treinta celulares se alzaron al mismo tiempo. Tomó al azar uno mientras Bono caminaba hacia unas escaleras, para que nos acomodáramos a su alrededor.

Todos caminamos rápidamente a su lado, pero cuando me di cuenta, yo estaba justo detrás de él, así que cuando se detuvo en determinado escalón, yo quedé un escalón abajo. Me giré para quedar viendo hacia el frente, hacia la foto, y de momento, sus dos manos tomaron mis hombros. Las dos manos de Bono sosteniendo mis hombros, los de nadie más. LOS DE NADIE MÁS. Me morí.

img_1916Cuando resucité, saqué mi celular y tomé selfies, como mil, unas movidas, otras no tanto, pero la evidencia de que ese momento estaba pasando tenía que quedar resguardado para enseñarle a mis nietos y bisnietos y a todo aquel que quisiera ver / escuchar.

Bono pidió que gritáramos al mismo tiempo “Red”, tomé un video mientras lo pedía y lo hacíamos, tomaron las fotos del grupo en las que no me veo porque mido 1.55 y dos gigantes se pararon adelante de mí JAJAJA, y listo, el momento terminó. Una persona de seguridad amablemente me dio un empujoncito para que me hiciera a un lado y Bono pudiera irse, pero yo encantada de la vida obedecí, tenía mis fotos y mis recuerdos guardados para toda la eternidad.

El caos interno que tuve -tengo- sería complicado de explicarles, pero lo que sí puedo decirles es que desde el lunes me siento como si estuviera flotando, y como si yo no fuera yo.

No sé como, pero la selfie que subí a mi Facebook terminó en sopitas.com y en excelsior.com, y mi mamá me escribió feliz diciéndome que también me había visto en el noticiero de Loret de Mola. Mi cara a nivel nacional jajajaja. De verdad que me da mucha risa.

Cómo son las cosas. Viajé a esta ciudad pensando que de aquí me llevaría la experiencia de disfrutar en vivo a uno de mis grupos favoritos, cantar a todo pulmón las canciones que escucho todos los días, llorar como si no hubiera mañana con Sunday bloody sunday, With or without you, Vertigo, Pride, Elevation, One, y estar presente en un evento único e irrepetible….. pero ¡sorpresa! Los planetas se alinearon, la vida, el kharma, el universo, la energía cósmica de la galaxia completa, todo se puso para que me regalaran ese día en el Soumaya, junto a Bono.

No vine con Alex buscando conocer a Bono a como diera lugar, no nos pusimos a esperarlo horas afuera de su hotel, ni a stalkearlo en redes sociales. Si sí hubiéramos acampado días enteros esperándolo y al final sí hubiésemos tenido una foto a su lado, pues eso hubiera sido el resultado de nuestro empeño y determinación. Pero éste no fue el caso, vine a disfrutar del concierto y también a conocer un poquito más esta bonita ciudad. El estar en el lugar indicado en el momento exacto, fue un regalo que la vida me dio.

¿Cuáles eran las probabilidades? Una en un millón.

Nadia