Entré a trabajar a KBM hace poco más de 7 años. A la entrevista fui muriendo de miedo porque el anuncio de solicitud de trabajo citaba “buscamos nietos de gladiadores y espartanos, fuertes e invencibles que gusten de hornear galletas”. Me sentí totalmente identificada porque por supuesto que soy tan fuerte y capaz como una espartana, pero a la vez sentí que se iba a esperar mucho de mí. Por la emoción y ansiedad de una primera entrevista de trabajo, se me hizo una hora temprano, y para no llegar así de impuntual -porque llegar terriblemente temprano también es impuntualidad, no sólo aplica a los que llegan tarde- me puse a pasear por la plaza hasta que dio la hora acordada.

La entrevista fue directamente con Maru y Karla, y francamente me sentí cohibida ante esas dos titanes. Algo debieron haber visto en mí, porque cuando me preguntaron cuándo podía presentarme a mi primer día de prueba, rápidamente respondí “Mañana”.

Al día siguiente me presenté 7.50 am como me indicaron, y me recibió la misma Karla para entrenarme en la apertura de Kukis Altabrisa. Me enseñó los pasos a seguir para abrir la tienda y ponerla a funcionar siguiendo un orden preciso: “Imagínate que fueran las manecillas de un reloj, sigue este mismo orden”, y una tras otra fui haciendo las actividades que me decía.

Hacer café, saber qué es un rack de primeras entradas y primeras salidas, utilizar un horno de convección, hornear galletas, cómo manipular el producto, y lo más importante, cómo interactuar con el cliente y los diálogos exactos a usar. Sus indicaciones fueron detalladas con una muy buena explicación de fondo, para entender por qué se hacen las cosas y cuál es la forma Kukis de hacerlas.

Comencé a entrar en pánico: era demasiada la información que iba escuchando y mi memoria es a veces muy escurridiza para conservar los detalles importantes. Me sentí abrumada y torpe, no quería cometer ningún error porque mi perfil espartano y hercúleo tenía que seguir vigente y no quería que Karla se llevara una mala impresión de mí, sin embargo esa misma presión que me auto infligía me entorpecía. Karla en ningún momento se desesperó o intentó apurarme a hacer las cosas más rápidas, siempre calmó mi ansiedad con palabras firmes y paciencia.

De ese primer día, entender a utilizar la caja registradora fue lo más complicado que hice. Uno va muy seguro por la vida pensando que sabe sumar y restar sin necesidad de utilizar una calculadora de apoyo, y que sabe contar y conoce las denominaciones de los billetes y para qué sirven…….pero todo eso se esfuma cuando estás en frente de un cliente por primera vez e intentas cobrar un producto: ¿Qué digo? Me pagó con un billete, ¿en dónde lo pongo?, ¿cuánto es el cambio?, ¿cómo tenía que dar el cambio?, ¿y el ticket? ¡Alerta roja, repito, alerta roja! Alguien intenta darme tres pesos para que le de cambio de $50 ¡¿Qué clase de brujería es esa?! ¡Aaaaaahhhh!

Me acuerdo y me parto de risa de las cosas que a uno pueden estresar cuando “desconoce” algo. La inseguridad mata y hasta lo más simple puede verse complicadísimo.

Un domingo de febrero de 2011 fue la primera vez que trabajé en mi vida, fue la primera vez que hice muchas cosas y fue la primera vez que me salí de mi zona de confort. Eso fue hace unos cuantos ayeres, y mi trabajo actualmente ya no se desarrolla en las tiendas, sino en la oficina viendo otros aspectos de la empresa; sin embargo, en ciertas temporadas el equipo administrativo va a tiendas y apoya a todo el equipo de Kuki kids de base. Hoy por hoy es muy diferente cómo me siento al estar nuevamente detrás del mostrador: ahora soy la primera que goza estar detrás de la caja registradora un 23 de diciembre -estadísticamente la fecha con más movimiento del año-, cobrando rápidamente a la fila de clientes, siendo súper hábil para dar cambio y pedir monedas para yo no quedarme sin cambio, manteniendo todos los billetes ordenados con precisión quirúrgica, y haciendo cualquier otra actividad en la tienda. Ya nada me da miedo, estoy en mi elemento.

Precisamente por sentirme fuerte y en comodidad trabajando en cualquier área de la empresa, olvido con facilidad lo que fue mi primer día de trabajo y el miedo que puede sentir cualquier chicx al verse detrás de un mostrador interactuando por primera vez con un cliente, trabajando con bandejas hirviendo o manipulando equipo que en su vida había utilizado. Me impaciento, soy la primera que mentalmente arrebata cualquier cosa que alguien más esté haciendo lento para yo terminarlo a la velocidad correcta. A veces se me olvida la generosidad con la que debo enseñar y empoderizar a los que me rodean………pero lo bueno es que la vida es noble y de vez en cuando está para agarrarte a chancletazos por creída y burra.

En septiembre, parte de staff administrativo nos vamos a ir a Francia a recorrer panaderías y a traer mucha inspiración. Este viaje me tiene remojada en una piscina de felicidad, pero a la vez me ha obligado a moverme de mi muy acostumbrada zona de confort y a pensar nuevas formas de obtener ingresos para ahorrar y cambiar euros. Cenando en el restaurante de un amigo y platicando con él de éste próximo viaje, le pregunté si no necesitaba que alguien lavara platos por las noches porque yo gustosa podía voluntariarme para ocupar ese puesto. Se empezó a reír y me dijo que ese puesto no, pero que sí necesitaba a alguien que apoyara en caja y a atender mesas. Bailé mi danza de la victoria y le dije que yo podía hacer eso con facilidad. ¿Cobrar e interactuar con clientes? !Pan comido!

Llegó mi muy esperando segundo primer día de trabajo, me presenté también muy puntual una hora antes de que abriera el restaurante al público para que comenzara mi capacitación, llevé una libreta para anotar todo lo que me fueran enseñando y comencé a escuchar ávidamente lo que me explicaban. De momento el restaurante abrió, entraron clientes al local y llegó la hora de que yo comenzara a capturar las comandas y pasarlas a cocina para sacar bien las órdenes de las mesas. Nuevamente comencé a temblar: ¿cómo era?, ¿qué botón oprimía?, ¿qué capturaba primero?, ¿qué tenía qué hacer?, ¿qué significaba TR y TC? 

Mentalmente rodé de risa por todos los veintes que me aplastaron en ese momento. Sentirme nuevamente inexperta y dudosa me hizo regresar a ese primer punto de mente de aprendiz y me hizo cuestionar la manera en la que enseño. Fue un recordatorio amigable de las formas en las que debo compartir el conocimiento que tengo a las personas que me rodean, porque no me cuesta nada y está en mí contribuir al empoderamiento del equipo humano de la empresa. 

No hubo ningún cliente que recibió mal sus alimentos por algo que capturé mal, ni tampoco hubo alguien molesto por la forma en el que tomé sus pedidos en la mesa. Sí, me tomó una muy buena parte de la noche -y de los días posteriores- agarrarle a la forma de trabajar y de hacer las cosas, pero como en todo, mientras más repites algo es más fácil memorizar y hacerlo de forma fluida. 

Qué bueno que entré a un nuevo lugar a aprender, porque nunca está de más absorber conocimiento de cualquier experiencia. Me siento feliz de todo lo que me llevo, pero sobre todo me encanta haber vuelto a sentir ese nervio y anticipación de un primer día de trabajo para que pueda ser mucho mejor maestra con las personas que lleguen a trabajar a la empresa.

-Nadia