Heidi. Se llamaba como mi heroína infantil. Y antes de que empieces a sacar las fechas, aclaro que mi Heidi no vino de una caricatura, si no de las páginas del primer libro que mis papás me regalaron una Navidad.

 La Heidi que había engordado a mi galán, tenía dos hijos adultos que veía poco, un marido alcohólico que se desaparecía por meses, y una gran necesidad de dar amor. Al contrario de mis suegros que vivían en las afueras, ella vivía en Vancouver, y por esto mis suegros pidieron rentarle un cuarto para que R. tuviera dónde vivir mientras iba a la escuela, a estudiar Hotelería.

Ella había volcado en Ralf toda su atención, y en el más puro modo de amar a alguien, Heidi cocinaba para mi novio los más deliciosos platillos, panes y galletas que Ralf devoraba con singular aprecio.

Esa primera visita mía a Vancouver me tocó la suerte de ser huésped consentida de esta encantadora señora. Ralf salía muy temprano al Tecnológico (BCIT), y cuando yo despertaba una hora después, en la mesa de la cocina había comida suficiente para alimentar a 4.

-“¿Está bien esto? Si no, puedo prepararte otra cosa”

-“Esto está divino -decía yo, apreciando como buena tragona la abundancia y la variedad- venga y siéntese, y déjeme servirle café”

-“No, yo ya desayuné, esto es solo para ti”

No pasaron muchos días para que yo descubriera el por qué de la subida de peso de Ralf. Aún tengo en la mente la imagen de él, frente al televisor, con un litro de leche en frente, y una lata llena de galletas hechas por Heidi.

-“Nada me gusta tanto como estas galletas!”

 Ralf no solo solía decir esto, sino que ¡lo sigue diciendo!

Así que, en las horas que Ralf estudiaba y trabajaba, le pedí a la Tía Heidy que me enseñara a hacer las galletas. Una noche lo sorprendí: “mira, te las hice yo!” Y como buen hombre enamorado, exclamó que eran las mejores que había probado en su vida.

Nuestra relación siguió, a pesar de la distancia, y en el verano de 1983… ¿O fue 1982? Ralf llegó a Mérida en su segunda o tercera visita, a pasar con nosotros “la temporada”.

La verdad, a mí, después de que rompieron mi frágil corazoncito treceañero en la playa, el estar frente al mar en Julio o Agosto nunca me ha parecido la gran cosa. Pero, equivocadamente, pensé que mi extranjero lo apreciaría más.

 Después de una semana, me preguntó:

-“No, de verdad: ¿qué hacen aquí durante todo este tiempo?”

Le aseguré que ‘La Temporada’ consistía en eso: no hacer nada.

No sé si la consciencia de saber que Alex y Renate, sus padres, no aprobarían jamás semejante desperdicio de tiempo, o porque quería impresionar a los míos, Ralf procedió a arreglar todo lo que necesitaba compostura en la casa de la playa: ventanas que no abrían, llaves de agua que goteaban y hasta dejó brillante una vieja estufa oxidada, lo que hizo que mis padres lo declararan el mejor prospecto matrimonial que yo pudiera tener.

Cuando después de unos días la casa estuvo lista, se volteó hacia mí y me dijo:

-“Hagamos galletas para vender!”

Este fue el principio. Y Ralf, la inspiración de todo lo que hoy es.

Fuimos primero a investigar el campo: la feria de Chelem ofrecía excelente oportunidad, y por un momento pensamos en poner un puesto de Hamburguesas. Les aseguro que hubieran sido las mejores, pero eso del tanque de gas junto a tu asador nos desanimó totalmente.

Así que se decidió que las galletas serían la mejor opción, pues podríamos hacerlas en la magnífica cocina de mi mamá, en Mérida, y llevarlas a la feria.

Cuando regreso mi mirada a esa parte de mi vida, me doy cuenta de que, en realidad, fue el AMOR lo que me hizo salir totalmente de mi Zona de Confort. Hasta ese entonces, yo no había mostrado ningún signo de carácter empresarial.

Ralf pudo haberme pedido otra cosa:

-“Entrenemos todas las mañanas hasta poder nadar de aquí a Miami”

-“Aprendamos a hablar y escribir en Mandarín!”

-“Practiquemos cómo atravesar aros en llamas con una motocicleta!”

Y yo lo hubiera hecho.

¡Digan si no fue una suerte que pensara en las galletas, y no otra cosa!

Encontrar los ingredientes de la galleta.

La harina, azúcar y huevos no dieron problema, pero las chispas de chocolate, ¡esas sí que no habían por ningún lado! Por último, optamos por cortar en pequeños pedazos las grandísimas barras de chocolate Presidente que por cierto, ya nunca más volví a ver en ningún supermercado.

Las galletas no sabían para nada al sabor de las de Heidi, pero estaban ricas, y definitivamente, originales.

En casa había una WV Combi que por el trabajo de mi padre, nosotros podíamos usar. Así que los dos empacamos en el vehículo las galletas, unas pinzas, bolsas de plástico, una mesa plegable y dos sillas.

Solo faltaba un cartel con nuestro nombre. En el lavadero de mi casa, Ralf encontró una madera blanca, pedazo de un cajón roto, y con pintura vinílica roja, escribió lo que nacía en ese momento en Mérida y en el mundo. Nuestro nombre original, escrito de manera fonética al nombre de “Galleta” en ingles: KUKIS.

Las galletas fueron un éxito. Admito que la gente se acercaba primero “para ver qué estaba vendiendo el gringo”. Pero después de probar las galletas la gente se llevaba estas primitivas Choco Chips, que vendíamos a $5.00 viejos pesos cada una.

A partir de entonces, las galletas ayudaron a solventar los gastos de un romance a larga distancia.

El amor en los tiempos previos a Internet y Skype, era muy, muy caro.

Un par de años después, nos casamos, y por mucho tiempo, me olvidé de las galletas. Pero ellas no se olvidaron de mí…

(Continuará)

Maru