Verano.

Sol, arena y playa.

La mayoría de la gente de mi edad espera con ansias que llegue esta temporada. Debo admitir que yo era igual. Hasta que un día todo cambió al conocerlo. Hoy al hablar de verano solo puedo pensar en una historia de amor.

Recuerdo como su mirada se iluminaba con cada palabra. En sus ojos podía ver sus recuerdos y en su tono de voz, su amor por cada una de ellos. Nunca nadie me hizo creer tanto en ese sentimiento.

Hace dos semanas lo vi por última vez. Me regaló su mejor anécdota. Quizá el sabía que había llegado el momento de su partida. Si soy honesta, esa parte siempre me costó comprenderla, hablaba como si supiese todo y sin embargo remarcaba no saber nada. No sé si exista vida después de la muerte, pero para el amor de Lucio y Romina, estoy segura que sí.

Todo ocurrió un martes por la tarde mientras iba de regreso a casa. No podía parar de pensar en cómo le diría a mamá que había sido suspendida por fumar un cigarrillo a la hora del descanso. “Que sea la primera y la última vez que llegas a casa con estas estupideces” diría ella; mientras que yo, daría un azotón con la puerta de mi habitación, lo que minutos más tarde se convertiría en otro castigo por comportarme de una manera tan inapropiada. Fueron pocos los segundos en los que al dar vuelta en la calle donde se encontraba mi casa, algo captó mi atención por completo, no fue otra cosa más que aquel viejo edificio de la esquina. Pocas veces había visto a más de tres personas entrar o salir de él, lo que despertó un interés en mí ese día, fue el encontrarme con la puerta del departamento A1 abierta. Un paso tras otro y me dirigí hacía ella, no esperaba que pasara algo interesante, mente en blanco sin ninguna expectativa. Dentro, alguien llamaba a gritos a alguien que no parecía responder. No tardé mucho en darme cuenta que no recibiría una respuesta, sin pensarlo demasiado, entré sin pedir permiso a su casa. Lucio se encontraba sentado en el suelo a un lado de su silla de ruedas, en sus manos llevaba una foto y en su rostro, más lágrimas que las que alguien desearía ver en un hombre de su edad.

– No he soñado hoy contigo. Quizá no vuelva a verte jamás – dijo al verme ahí de pie en la entrada de su hogar -, Romina ¿acaso ya te he olvidado?

No era a mí a quien le hablaba, si no a la persona del retrato, Romina. Cabello largo oscuro, ojos café claro, su piel dorada y una sonrisa que enamoraría a cualquiera. Comenzando por Lucio. Ese día lo cambió todo. Había sentido amor, pero jamás lo que aquel hombre me expresó con esas simples palabras, no de esos que se sueñan y se viven aún después de la muerte. Historias que para mí se convirtieron en tardes de café y fotografías antiguas. Recuerdos de un amor que comenzó con lazos de papel y terminó por cambiar la vida de todo aquel que se permitía ser inspirado.

Esa noche al regresar a casa, lo primero que hice fue preguntarle a mamá cómo había conocido a papá. “Fue una noche de fiesta, nada sin importancia, un juego de niños y un par de copas de más”. Quería saberlo todo, quería saber si mis padres se amaban tanto como Lucio amaba a aquella mujer del retrato. No tuve que indagar más. Fueron pocos los segundos que necesite para saber que mis padres no eran esa clase de pareja. No voy a negar que al principio todo esto causó una gran confusión en mí y hasta un ligero destello de tristeza. A mis dieciséis años, no tenía una gran visión del amor, pero fue un poco decepcionante enterarme que no todxs al final tendríamos nuestra perfecta historia de amor. Menos, me había permitido pensar, que no todxs logran sentirlo alguna vez.

Lucio sabía que era mi historia favorita, después de la décima ocasión, perdí la cuenta de las veces que le supliqué que volviese a contarme el cómo se conocieron. Quizá, no fueron suficientes o quizá, un par de veces fueron innecesarias. Supongo que eso es algo que no podré saber.

Fue una tarde de verano muy similar a esta. La familia Villegas amaba ir a la playa y pasar varios días en aquella casa junto al mar. Romina no solía exponerse al sol, le parecía una pérdida de tiempo y prefería sentarse debajo de unas palmeras, hojear desde un buen libro hasta una simple revista. Llevaba siempre un enorme sombrero y ropa de playa – como le llamaba Lucio -, no interactuaba mucho con el resto de las personas de su edad y mucho menos con los amigxs de su hermana Rosario, todxs le parecían aburridos e inmaduros. Mientras que la familia Santillán cada verano cambiaba la dinámica veraniega. En ocasiones irían a la nieve y otras a la montaña, ese año a los padres de Lucio les pareció una excelente idea rentar una linda casa en la playa, justo a unos cuantos metros de distancia de la de Romina.

– Debes entender algo Victoria, una vez que lo hayas hecho, no lo olvides jamás. No porque no lo tengas hoy significa que no lo tendrás mañana y no porque lo tengas hoy significa que durará toda la vida. Muy temprano en nuestro intercambio de miradas descubrí en ella esa volatilidad en su humor, ese que sufre cualquiera a la edad de los dieciséis, era imposible descifrar lo que la hacía sonreír. Pero estaba claro, quería pasar mi vida a su lado.

– Lucio, ¿cuándo supiste que la amabas?

– Esa misma tarde, todo pasó tan rápido, entre las olas y la arena. ¿Has visto un rostro y pensar en lo lindo que sería verlo para siempre? – sin hablar, negué con la cabeza, a la espera de lo que venía -, quizá suene absurdo, fue un instante, solo eso me bastó. No necesité más. Quería verla por toda la eternidad, aún esa fuese un par de horas o mil siglos, no podía perderla.

– ¿Qué paso entonces?

– Me enamoré, su presencia y seguridad me dejaron atrapados, su rostro me cautivó. Cuando hablo de su rostro y lo lindo que era, debes pensar mas haya del cuerpo humano Victoria. Su alma era pura, envuelta en una fuerza única y valentía que pocas veces vi en una mujer. No temía a la soledad o al silencio, poca gente puede estar a solas consigo mismo y sentirse cómodo. Quizá el principio de todo fue como un lazo de papel, duró la eternidad pautada y continua hasta que ambos dejemos de pensarnos e incluso después, alguien recordara nuestra historia.

Aguardé en silencio a que continuase con el relato. Con el tiempo, aprendí que no es fácil recordar las cosas con la misma alegría con las que se vivieron, habían momentos o palabras que lo hacían detenerse. Respirar hondo y mirar su retrato. Incluso, existían días en los que no se permitía continuar, “Juguemos un poco de cartas”, solía decir. Fueron contadas las veces que volví a verlo llorar. “Recordarla me hace feliz, recordarnos me hace sentir vivo”.

– ¿Por qué llamas a tu historia con Romina lazos de papel? – pregunté aquella tarde apenas asentar la mochila sobre la silla de siempre. Dejé que la respuesta se tomara un poco más de tiempo dirigiéndome a la cocina dejando todo listo para la hora del café -, aún no has llegado a la parte en la que se hablan por primera vez, ¿es ahí cuando lo sabré? – regreso a la sala para encontrarlo con un brillo especial en sus ojos – ¿esta historia es tu favorita?

– Me parece Victoria, que toda mi vida es mi historia favorita, así debería sucedernos a todos. Pero tienes razón, la primera vez que hablé con ella fue un encuentro a las patadas, bastante caótico para mi gusto y muy normal para el de ella. Yo amaba hacer todo tipo de deporte que involucrase el agua, nunca fui el mejor, lo hacía para divertirme no para ganar. Dos días después de verla por primera vez, el buen Rufino mi dálmata precioso, decidió escaparse de casa.

– ¿Romina fue quién lo encontró?

– Por desgracia nadie pudo hallarlo aquella tarde o la que vino después. Lo que me llevó a caminar una y otra vez por toda la playa hasta caer casi inconsciente en la arena, donde sin notarlo, se encontraba la casa de Romina. Habían muchas cosas que podían sacar de quicio a aquella mujer, debo confesar que muchas veces puse a prueba su paciencia, no era sencillo mantener una conversación seria conmigo en aquel entonces. Era una persona totalmente distinta, hay mucho que quisiera cambiar, aunque nada que haya vivido con ella – da un largo trago a su café y toma su mazo de cartas -. Tumbado a la mitad del camino que llevaba de su terraza hasta el mar, con la mirada fija en el cielo y la mente perdida en algún recuerdo, una sombra irrumpe entre mi cuerpo y los rayos del sol. “¿Planeas morirte en medio de la playa?”, su voz era suave y de intención cortante. Estaba perturbando su vista y no encontraba la mejor manera de hacérmelo saber. “No, al menos no por el momento” respondí a los pocos segundos. Que palabras tan ciertas, si algún día llego a morir Victoria, espero seas testigo de que mi mente se habrá quedado ahí en medio de esa playa, junto a ella y nuestro amor.

– Lucio, aún no contestas mi pregunta, ¿lazos de papel?

– Verás, un lazo es una atadura muy simple de deshacer y el papel un material extremadamente fácil de corromper, al igual que el amor. Hay que atarlo todas las mañanas, escribir en el un nuevo día con la persona que tenemos a nuestro lado, aún mas importante, mantenerlo sujeto por aquellas dos partes que lo convierten en lo que es. Una historia de amor en un lazo de papel, frágil, pero si sabemos cuidarlo puede llegar a ser eterno.

Con los ojos llenos de lágrimas, me puse de pie para tomar entre mis manos aquella foto de él y Romina sentados debajo de esas mismas palmeras, ya eran un poco más grandes. Entonces una pregunta más para ese día vino a mi mente.

– ¿Pasó algo más aquella tarde que se conocieron?

– Mucho Victoria, ese día supe que la amaba, me fue imposible soltarla tan fácil.

– ¿Podrías contármelo? – había quedado claro que algunas cosas no podía compartirlas, eran demasiado intimas para él y su historia con Romina, de modo que a veces al preguntar la respuesta sería no.

– Algunas cosas mas no todas, pero no hoy, ya es algo tarde y necesito descansar. Hoy he soñado una de mis aventuras favoritas y estoy emocionado por saber lo que me espera para la noche de hoy.

En sus ojos veía ese brillo especial que aparecía al hablar de ella. Era impresionante la cantidad de amor con la que hablaba y aún más impactante lo fácil que le era transmitir ese amor. Ese día cerré aquella puerta sin saber lo que me esperaría el día siguiente, tenía claro que Romina era una mujer con carácter fuerte, pero jamás imaginé que Lucio fuese tan diferente de joven. Sería una tarde de risas, aventuras y lazos de papel

Continuará …