Cuando tenía 18 años, fui a pasar una temporada a la Ciudad de México con mi tía, la menor de las hermanas de mi papá, que entonces comenzaba una exitosa carrera como cantante con el nombre de María Medina. A su casa llegaban invitaciones para diferentes eventos y un día me fijé en una muy elegante que estaba rotulada: Señora Doña María Medina –Presente.

-¡Que horrible! ¿Quién se ha atrevido a llamarte señora? ¿No saben que aún eres joven y soltera? Le causó gracia mi indignación y con paciencia me explicó que esa era una manera formal y muy elegante de marcar invitaciones: “Ser llamada Señora es un honor, es una señal de respeto y reconocimiento. Las invitaciones elegantes se rotulan así”. Desde entonces, decidí que ser llamada Señora era algo bueno. Algo muy bueno.

Lo que definitivamente no me gustaba y sigue sin gustarme, es que me llamen “amiga”, “mi amor” “cariño” ni que un jóven que me esté atendiendo en algún comercio, me llame de “tú”. Así que cuando abrí Kukis by Maru resolví que a todos les íbamos a llamar Señor, Señora y Señorita, lo cual siento que ha funcionado bastante bien, excepto por alguno que otro caballero que odia ser llamado por nuestro atractivo staff femenino de esa manera: “No me llames Señor, aún no soy tan viejo” protestan, como si tuvieran la imperiosa necesidad de demostrar vaya usted a saber no sé qué cosa, hasta en un simple intercambio comercial que involucra galletas.

Veo que en algunos comercios los empleados han recibido instrucciones de llamar a las mujeres “damas”, y eso lo encuentro un poco chocante, pero no tan odioso como ser llamada “damita”. Cada vez que me llaman “damita” me salen ronchas en la parte posterior del cuello, mi vista se nubla y mi cabeza empieza a rotar. Tal vez esto sea lo que le pasa a algunas jóvenes de treinta cuando son llamadas ‘Señoras’. Su idea de Señora no va con la percepción juvenil que cada mujer tiene de sí.

No es raro que un pequeño pidiendo galletas en nuestra vitrina se dirija a una de nuestras Kuki Kids llamándola “Señora”, y eso que sus edades fluctúan entre 16 y 22 años.

Todos tenemos nuestras percepciones.

A mi marido, esto de las formas le parece ridículo. Cada vez que alguien le llama señor, contesta: “El Señor, está en los cielos”. Es extranjero y las formas de “tú” y “usted” se le hacen confusas e inútiles. Tal vez esté en lo cierto, y es posible que yo tenga demasiada edad para cambiar mi percepción, pero hay una razón más profunda para utilizar el “usted” en nuestros mostradores.

Quisiera democratizar la forma respetuosa hacia todas las personas, y el llamarles de “usted” es una de las maneras fáciles de hacerlo. A veces noto que somos muy rápidos para tutear a policías, personal de limpieza, técnicos de mantenimiento, choferes o dependientes de mostrador mientras se muestra deferencia llamándoles de “usted” a personas de piel blanca, mejor vestidas, o con un título como “Doctor”. Y no puedo ni comenzar a describir lo que este doble estándar me enoja.

En mi Mérida ideal, todas las personas –sin importar como se vean o el puesto que desempeñen- deberían de ser tratadas con cortesía y respeto.

-Maru